Unión Demócrata Independiente

Columna por Felipe Salaberry: Derrota electoral…..Una oportunidad

Partido - 3 enero, 2014
Columna por Felipe Salaberry: Derrota electoral…..Una oportunidad

Nuestra reciente derrota electoral, obviamente incluyendo la derrota personal en mi distrito, nos causa dolor en lo humano, confusión en el presente e incertidumbre en el futuro.

Sería miope de nuestra parte si no entendiéramos que tanto o más importante que lo anterior, es haber sido derrotados – en alguna forma – por la falta de sintonía y comunicación con la ciudadanía; con sus inquietudes, angustias y anhelos.

En esta hora las recriminaciones, las críticas, las “pasadas de cuenta” o los endosos de responsabilidad, ya no constituyen novedad en nuestro mundo. Para algunos es parte del necesario análisis; aunque tengo la impresión que para muchos otros es la oportunidad de perfilarse, desde la crítica, en posiciones de eventual liderazgo futuro.

Las ideas y el proyecto de nuestro sector político, han sido importante en la construcción de la historia de Chile; y ello no puede ser invisibilizado por la derrota electoral. Al dejar atrás la transición luego del régimen militar, nos abrimos a nuevas formas de mirar la sociedad, sin miedos ni vetos; nos abrimos a una mirada integradora y no integrista de ella, convocante, tolerante y acogedora.

La historia de nuestro partido, cuyos fundamentos son esencialmente anteriores al quiebre de 1973,  ha estado siempre en posiciones de vanguardia (incluso atreviéndome a calificarlas de progresistas), adelantándose en la mayoría de los casos a los acontecimientos, lo que ha permitido contribuir en la conducción del país sobre camino basado en la prudencia, ya sea desde la oposición durante el retorno de la democracia, o desde el corazón de nuestro gobierno en el presente.

 

Aunque muchas veces las acciones de nuestro partido han sido incomprendidas y criticadas con vehemencia, es en esa lógica donde las figuras de nuestro sector cobran relevancia sustantiva.

La impronta de Pablo Longueira en poner a la UDI a la vanguardia de las ideas y principios de una sociedad libre desde el mundo popular en plena sintonía con una sociedad justa; o la de Jaime Guzmán, cuya impronta y decidida acción política buscaba el diseño de una institucionalidad que permitiera una dosis de equilibrio entre las mayorías y las minorías. Sin esta idea, probablemente, no hubiésemos podido sortear con éxito, el período post régimen militar.  En efecto, aquel diseño, sumado a que la entonces Concertación de Partidos por la Democracia, se comprometieron con una transición pacífica, permitiendo que Chile se asomara al desarrollo en las últimos dos décadas.

Pero es evidente que hoy en día los desafíos son muy diferentes a los que vivió Jaime Guzmán y nuestros fundadores. Estamos frente a una sociedad ansiosa y expectante por ver cómo, las autoridades, podemos resolver sus más apremiantes dificultades, el costo de la educación, la estabilidad laboral, el acceso a la salud, las bajas pensiones, la falta de seguridad ciudadana, por nombrar las más visibles.

Todos estos temas tienen una base común: una empoderada ciudadanía, que siente que el mundo moderno puede poner en jaque su calidad de vida, y eventualmente su inclusión social, dejando dramáticamente a personas al margen del camino.

Sin embargo, tengo la íntima convicción que hoy el propio Jaime Guzmán estaría ya buscando las mejores alternativas constitucionales y legales, para dar curso a estas inquietudes, así también a la crisis de representación provocada por la alta abstención electoral.

¿Qué repuesta podemos dar desde la UDI?

Los “ajustes de cuentas” ante las recientes elecciones, aparte de ser un espectáculo algo pintoresco y  muchas veces grotesco, no permite contar o evaluar opciones de futuro en la resolución de los problemas.

Sí tengo la certeza que una interrogante sobre nuestra opción política nos mantiene confusa y peligrosamente anclados en el pasado. Tal como lo señalé, nuestra historia fundacional es anterior al quiebre de 1973; y es ahí donde nuestra acción política no puede estar definida solo por la participación en el gobierno militar o con una relativizada condena a las violaciones de derechos humanos en dicho período.   En este sentido,  las señales que le demos a quienes no votaron por nosotros deben ser claras y precisas: nuestro sector no está pegado a integrismos que no den cuenta de la diversidad de nuestra sociedad, pero si absoluta fidelidad a la defensa intransable del respeto a los derechos humanos.  Ello, desde la humildad que significa reconocer los posibles errores cometidos en el pasado.

Las nuevas generaciones de la UDI quieren y necesitan, más que buenos argumentos para defender viejas estructuras que cumplieron ya su rol en la transición,  un mejor aire e ideas nuevas, siendo capaces de abordar y discutir, en su mérito y consecuencias, desde el sistema de representación política hasta mecanismos que hagan realmente efectivas las garantías de los derechos sociales.

No sigamos buscando responsables del resultado. Es la sociedad quien nos reclama una nueva mirada para asumir esos desafíos, precedida por una actitud humilde de nuestro sector  frente a los cuestionamientos que la ciudadanía nos formuló en el último acto electoral.

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